Camping life. Vacaciones en Las Landas

No os imagináis la cantidad de Qué envidia!s recibí al compartir nuestro día a día en el camping de Las Landas. Y sí, lo sé, es que es planazo. Para ti, que como para nosotros, la camping life es la vida mejor, o para ti, que aun no has descubierto lo guay que son estos planes con familia, te cuento.

Viajamos la última semana de junio a Las Landas, en Francia, fuimos en coche desde Asturias, si no conocéis la zona, es paraíso de surfistas con más de 100 km de playas de arena fina. Nosotros fuimos concretamente a Biscarrosse, al camping Mayotte Vacances, un lugar tranquilo en un bosque frente a un lago. Un pequeño paraíso.

El bungaló nos tocó justo frente al embarcadero, despertar y estar en plena naturaleza es un lujo. Y es que la vida de camping es precisamente eso, naturaleza, libertad (y eso los niños lo agradecen), y una vida sencilla. Vamos, maravilla.

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El camping, muy orientado a un veraneo familiar, tiene piscinas con toboganes, piscina cubierta para los más frioleros, jacuzzi al aire libre, sauna, parque de aventuras con tirolinas, minigolf, y alquiler de todo tipo de entretenimientos: bicis, patinetes eléctricos… Todo esto sumado al tiempazo que suele hacer en la zona es éxito asegurado.

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Únicamente salimos un poco de la zona para visitar Arcachón una mañana, y otro día Burdeos, que por cierto, su zona antigua me enamoró.

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Cocinamos en el camping, disfrutamos de largas siestas, ocho puestas de sol únicas y algún que otro momento de pareja en el porche de la cabaña, cuando las bestias se dormían.

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Haber conseguido que una niña de meses, una de 11 años y nosotros, disfrutáramos por igual, es el motivo por el cual contamos los meses para poder volver a repetir plan.

Sé que además alguna se inspiró viendo nuestros stories y se lanzó a ir de bungaló, y sé también que triunfó. Y haber contagiado a alguien me parece taaan guay!

Y es que yo lo tengo claro: La vida de camping es la vida mejor.

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(algo de) Mallorca en 4 días

Escribo este post en pleno bajón postvacacional. O postescapada. Pero qué escapada…
Y es que Mallorca consiguió enamorarnos en 4 días. Los bueno es que se nos quedó mucho por ver; pretexto para volver.

Volamos directos desde Ranón en Vueling. Habíamos alquilado con tiempo un coche en Goldcar, así que desde el aeropuerto, en nada nos plantamos en Sóller, un lugar lleno de tradición y naranjas al noroeste de Mallorca, en plena sierra de Tramontana. Nos quedamos en un loft que cogimos por AirBNB cerca de la Plaza de la Constitución, el corazón de Sóller.

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Esta opción es muy cómoda para nosotros viajando con Manuela, y en esta zona, bastante más barato que quedarse en un hotel. Pagamos 55 euros la noche. El único inconveniente era la subida al ático, unas escaleras estrechas y muy empinadas por las que no podíamos subir el carrito. Todo lo demás perfecto, como casi siempre que elegimos con AirBNB.

Esa primera tarde noche nos dedicamos a ubicarnos y disfrutar de unas cervezas y cena en la plaza del pueblo, por donde atraviesa un tranvía, que le da al lugar un aire muy de antes que enamora.

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Tranvía Sóller Pueblo – Sóller Puerto

El jueves madrugamos, y pateamos todo el pueblo, con todos los locales abiertos nos sorprendió la cantidad de tiendas de artesanía bonita y con muy cuidado diseño. (Por si os animáis os comento que este plan es más guay para el sábado, que además tienen el mercado local y las calles están súper ambientadas).

Bajamos en el tranvía que lleva al puerto, y allí abajo comimos, en el Kingfisher un restaurante con vistas y un delicioso fish and chips.

Esta parte del puerto es bonita, pero me quedo con Sóller Pueblo.

El viernes nos fuimos a la zona de Pollença, una zona preciosa también al norte. Paseamos por sus callejuelas empedradas llenas de terrazas y tiendinas. Luego bajamos a Pollença Puerto, paseamos y comimos en el paseo marítimo.

Acabamos el día en Alcudia, ciudad amurallada, llena de historia, que se considera uno de los lugares más bonitos de Mallorca.

El sábado cambiamos de zona y nos fuimos a Santanyí, (una hora en coche desde Sóller), ya teníamos ganas de un poco de playa, y elegimos esta por su fácil acceso y porque queríamos luego turistear por la zona.

Nuestro primer día de playa no duró más de una hora, nos daba miedo exponer mucho al sol a Manuela y la verdad es que tampoco llevábamos mucho trasto necesario. Pero los dos baños helados que me di me supieron a gloria bendita. Cristalina como en El Caribe.

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Comimos en Cala Figuera, un puerto costero precioso, en forma de Y, con Ilaüts, unos barquinos de madera típicos, y las redes tendidas al sol. De esos puertos a los que te asomas y te parece que estás en una postal.

Luego fuimos a Valldemosa, y por último a Deià Pueblo y Deià Cala, ahí ya Mallorca me conquistó del todo. Os juro, pocos sitios conozco como este. Es un lugar mágico para ver atardecer.

De vuelta en Sóller nos pusimos guapos y salimos a disfrutar de la última cena en Mallorca en un sitio muy especial, Luna 36. Toda una experiencia gastronómica donde dan el qué es desde ahora mi postre favorito, os lo juro, no es un decir, nunca había probado nada igual. Tarta de almendra con confitura de albaricoque y chocolate blanco. De almendra y pistachos. Todo lo que os diga es poco.

Antes de eso, mejillones al curry, cordero con especias marroquíes y cuscús y un tartar de atún con aguacate y tres sésamos.

De verdad, sí vais a Sóller, ahí tenéis que daros un capricho.

El domingo, nuestro último día, lo dejamos para Palma. Caminamos y requetecaminamos su casco histórico y nos despedimos de la Isla hasta pronto.

Porque de verdad que Mallorca es para repetir.

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